martes, 14 de septiembre de 2010

Así es mí día

Por Isabel Barrios

Una típica canción de celular, de aquellas melodías que no tienen letra y con su dulce ritmo me comienza a despertar. La alarma, programada a las 6 de la mañana, se encarga de hacer que comience con el día que en pocas horas será historia.

Con los ojos pesados, entre sueño, bostezos, estirones y otro tipo de rutinas para lograr ponerme de pie, se hacen presentes cada día. Con un hábito inusual a lo que los demás considerarían normal, diría yo, lo primero que hago es ir al espejo,  pero ¿para qué?, pues quizá para levantarme de una vez con un buen susto.

Al pasar los minutos, camino hasta el patio con paso apresurado, porque al salir de mi cuarto una pequeña criatura peluda me persigue con la cola de izquierda a derecha. Mi perra Nutella, una cocker de 7 años, es mi fiel compañera y amiga que está conmigo todo el día, bueno mientras estoy en casa. Le urge ir afuera, sólo ella sabrá por qué, pero es tanta su necesidad que tengo que correr para ir a abrir la puerta.

En un triste pero corto recorrido de regreso, me dirijo al baño a tomar la ducha. Aunque ahí comienza a alumbrarse mi día, no significa que ya no me persiga el sueño. Entonces entre el silencio de la habitación y el escuchar el agua caer, encuentro un poco de espacio para poder poner mis pensamientos en orden y relajarme para comenzar con buena actitud.

Como cualquier máquina con batería nueva, mi cabeza comienza a funcionar. Organizo mis ideas, comienzo con el proceso de escoger mi ropa, maquillarme, peinarme, lavarme los dientes, y como mil visitas frente al espejo, solamente para ver si me presentaré un poco decente a la Universidad.
“¡Adiós mamá!”, le grito ya casi desde las escaleras, salgo corriendo a encender mi carro y no sé que es tanto nervio que me recorre en el cuerpo, pero lo que más odio es llegar tarde a algún lugar, por eso creo que es mi hábito más notable, el salir corriendo para estar a tiempo.


Entre tanto ajetreo logro salir a la calle Roosevelt, entre hoyos en el asfalto, agentes de EMETRA, carros con conductores lentos y otros que parecen llevar más prisa que un bombero a un incendio. El recorrido no se me hace aburrido, programar un poco de reggae, dub, y unas cuantas canciones de los años 70 y 80, me hace sentir con energía. Ahí voy camino a la universidad, en mi Volkswagen Bettle clásico, que está a cargo de una conductora que está atorada de tanto que pensar.

Es irónico mencionar que mientras conduzco, pienso en que si llevo todas mis tareas e implementos que voy a utilizar en mis clases, bueno pues aunque se me olvide algo ya no puedo regresar a traerlo, pero en la conciencia me queda que al menos me tomé la molestia de recordarlo.

Llegar al parqueo del Zoológico es casi como llegar a la gloria, bueno lo digo porque en la calle ya nadie sabe si llegará a su destino con vida. Comienza el recorrido eterno, aquel que de verdad me deja exhausta al concluir con él, el famoso túnel que me lleva a la Universidad del Istmo, en donde estudio Periodismo. Agotada, sonrojada y con el aliento corto, logro entrar a mi aula, en donde me preparo para comenzar las clases diarias.

Entre unas 3 ó 4 clases diarias son las que recibo, en donde aprendo nuevas cosas siempre, como por ejemplo en una clase llamada Convergencia Multimedia, siento que un genio me imparte esa asignación. Me sorprende ver como siendo tan joven aún así la tecnología me atropella.

Entre otras como Historia de Guatemala, Métodos de Investigación, Literatura y Antropología intercambio formas de pensar y mucha teoría, en cambio en Documentación Informativa e Información escrita mis habilidades salen a la luz con la práctica.

Proyectos, tareas, lecturas, exámenes y otras actividades son las que me tienen ocupada las 5 y 6 horas que paso en la UNIS.

Al concluir con mi horario estudiantil, recorro nuevamente el aterrador, oscuro y largo túnel, en donde converso con amigos, me estreso más de lo usual por todo lo que tengo que llegar a hacer a casa, o simplemente disfruto cada paso que doy sintiendo olores muy naturales, de lo cual no me puedo quejar.

Soy algo desesperada al manejar, por lo que cuando conduzco de regreso, el sueño comienza a indagar en mi ser. Ansío tanto llegar pronto a casa, y así poder almorzar y poder dormir un poco antes de comenzar nuevamente con los quehaceres de la universidad.

Parece ser que mis deseos son órdenes, pero el único genio que los cumple soy yo misma. Me tomo el tiempo de ver en el refrigerador que podría comer, lo preparo y me siento sola en el comedor a alimentarme para así lograr tener un estómago lleno y un sueño profundo que gozar al recostarme a descansar.

Una hora durará el encanto, antes que comience nuevamente con la realidad. Enciendo mi computadora y me empiezo a mentalizar en mis tareas. Dedico el tiempo necesario, depende de la cantidad de trabajo que tenga que hacer. Hacer crónicas, reportajes, notas, cuadros sinópticos, investigaciones, estudiar, leer, entre otras labores, se me consume el tiempo y sin darme cuenta la tarde está por acabar.

Al acabar con lo primordial, ayudo en la casa lavando los trastos, limpiando un poco, entrando y doblando la ropa y ordenando un poco lo que pueda. Ya que no todos los días llega a trabajar la empleada de servicio, entonces no puedo dejar que todo lo que hay que hacer se acumule.

Luego llega mi mamá de trabajar, la recibo con miles de preguntas: ¿Cómo te fue?, ¿Qué contas?, ¿Qué tal todo?, ¿Hablaste con mis hermanas?, ¿Qué vamos a cenar? y otras cuantas que sin duda la atormentan al quererlas contestar todas a la vez.

Entre la plática se nos pasa el tiempo, y la noche ya la tenemos encima. Dos mujeres sin dotes de cocina, nos ponemos frente el refrigerador y la estufa, a ver que se nos ocurre hacer de cena. Bueno sin tanto alboroto no es que nos compliquemos la vida, unos huevos con frijol, un sándwich de jamón y simplemente cereal con leche. Aunque el cafecito para acabar con el día no puede faltar.

Al concluir con la comida, me dedico a arreglar mi cuarto. La computadora en el bolsón, los papeles y lapiceros también, la agenda chequeada y las llaves listas para el siguiente día. La pijama puesta, la cara y los dientes limpios como unas perlas preciosas.

Preparo mi dormitorio como para una velada de relajación, todo en orden y en su lugar. Incluso le preparo la cama a Nutella, que parece peor que perezoso, no sé si será la edad, pero el sueño la vence a cada instante.

Comparto con mi mamá un poco de televisión, aunque ella quiere ver noticias, muchas veces me niego y le cambio de canal. Como lo mencione anteriormente, soy algo desesperada y eso de estar haciendo sólo una cosa por mucho tiempo me inquieta más, por lo que ella termina ganando cuando se trata de su “Noticiero Guatevisión”.

Me despido con un “Feliz noche, hasta mañana, Dios te bendiga” y me retiro a mi habitación para caer en los brazos de Morfeo. Realizo unas llamadas antes de dormir, a mi padre y mi novio, para que ya no molesten cuando ya esté soñando. Y por supuesto la última visita al espejo, aún sigo sin entender por qué, pero es algo que no puedo evitar.

No me cuesta nada dormir con rapidez, pues parece ser que al igual que mi perra, la edad me consume también. Instantáneamente ya estoy dormida, creo que algún día hice un pacto con mi almohada, porque no tardo ni un segundo despierta sobre ella.

Así concluye mi día, despidiéndome en una noche en donde el tiempo y la hora no existe, pues claro, no me doy cuenta a qué hora caigo rendida para comenzar el nuevo mañana. 


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